Al arroyo de basura, al pan duro sobre
la mesa, a la olla recalentada. A la puteada que devasta la dignidad, a las
manos violentas que no encontraron palabras. Y entre los hoyos de la miseria donde brota lo más injusto, ahí el poema, la canción, la obra con las manos. Ahí el pan blando, el pañuelo
para los rostros de combate, como la mano que retrocede en cámara lenta desde el golpe hasta el bolsillo, para ofrecer una flor.
Los pies, en la tierra: el poema no sirve el plato. ¿Acaso debería? Se
brinda como barco a la deriva en el océano de los oprimidos. Se vuelca como río
a través de las penas y el sinsentido. Surge desde lo más oscuro, para entrar
en las casas y moverse desde la mancha de humedad hasta el piso de barro, en el tajo del género, en el galpón con cadenas, para acercarse a la boca que sangra, al plato vacío, y poner otra cosa en la ranura, para decir, soltar
la voz y hacer sonar un grito colectivo que se vuelva vida.
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