Como si al amor no hubiera que reavivarlo, como si el fuego
se prendiera dando un aplauso. No. El fuego requiere el arte de frotar madera, chocar
partículas de minerales, sostener una lupa y atrapar rayos de sol.
El cielo está ahí, pero lo recreamos al mirarlo, lo
dibujamos, lo escribimos. Hacemos algo con el cielo. A veces se llena de nubes,
a veces el sol lo restablece, a veces el agua lo sumerge en su reino y los
dioses bailan. A veces simplemente está. Simplemente la nube pasa. Y están quienes
dicen: mirá, como pasa la nube. Y también están quienes salen corriendo a
mirarla desde abajo, desde arriba, a tocarla, a sentir su piel de algodón, a jugar
entre sus bordes de rulos y pliegues. Eso, treparse a la nube y no bajarse hasta
no saber de qué está hecha. Abrir en dos la piedra para descubrir sus átomos.
Quizás adentro de la piedra haya agua, haya aire. Palabras brotando. Nunca suponer que sólo de piedra se hace el camino. Nunca subestimar el valor del barro.
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