Entre la
fluidez, entre el discurrir, todo lo que se diluye, el vamos viendo, el te
escribo, el arreglamos. El después paso. Ahí detener. Mirarse las venas. Y
tener palabra, que es lo único que arriesgaría o que regalaría, cuando no hay
más nada para ofrecer, siempre se tiene, no hace falta jurar. La palabra como
ese lugar donde siempre se podrá caminar, pasear, merodear, recorrer, ver qué
hay. El mejor menú. ¿Qué hay hoy para decir? ¿Qué hay hoy para sentir? Genera
sonrisas, alegría, tristeza, enojo, misterio. La palabra como un animal que
acaricio una y otra vez, silenciosamente, cada día. Como un mimo al alma de
cada quien.
Como línea de combate, porque la guerra es también
desde las páginas, desde el alfabeto. Y cómo. Cómo se hace para combatir las
injusticias desde acá, cómo se hace para que la rebeldía suene fuerte, para
volver a creer en las palabras, en su fuerza, en su caudal y en su potencia. En
el poder que tienen. Nos han arrebatado, cómo, sin darnos cuenta, nos fueron
sacando de a poquito letra por letra, hasta dejarnos en silencio, nos han
sacado las ganas de creer, que es posible. En que los cambios luchando se
logran. En que sólo hay que vociferar los hartazgos, todo lo que nos
hunde. Nos han hecho creer que somos locos por denunciar los atropellos de la
vida humana. Nos han vaciado, de a poco hemos llegado a creer que vos sos distinto que yo,
que somos dispares. Que no creemos en las mismas cosas, que no soñamos con el
mismo pan, que queremos cosas distintas. ¿Pero vos, y vos, y todos ustedes, y
yo, no somos acaso puntos perdidos en una galaxia que buscamos amor y algo para
entretener las encías? ¿No somos acaso personas queriendo ser cada vez más
libres? Libres de pensamiento, libres de sentimientos, libres para decir,
libres para aullar como se debe. Libres para hacer. Libres para pensar, para
comprender, para entender el absurdo que nos viene corriendo detrás.
Devolver a la palabra su potencia transformadora, no hay lucha que no se exprese, que no se hable, que no se diga a sí misma. Allí donde hay palabras hay alojamiento.
Devolver a la palabra su potencia transformadora, no hay lucha que no se exprese, que no se hable, que no se diga a sí misma. Allí donde hay palabras hay alojamiento.
Escribir es elevar el pensamiento a la altura de los pies.
ReplyDeleteAmen, Jorge
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