Las personas
caminan bajo el sol-viernes que amanece sin pedir permiso ni preguntar la hora.
Qué sabrán los soles de relojes. Y los relojes de ataúdes. Mañana
será sábado. Con las características de un sábado. Cierto desdén, cierta
impunidad frente al ocio. Los autos peinarán las carreteras, ida y vuelta, del
derecho y del revés, hasta dejarlas calvas. Los malabaristas lanzarán al aire
las bolas del semáforo. Los autos les comprarán casas. Casas que entrarán en la
gorra. A un ciego le dejarán no monedas sino un par de ojos en la caja. Y cuando
levante lo recaudado se los pondrá y verá más que antes. Una atmósfera de siete
de la tarde traerá ladridos de perro, un color rojizo al final de la avenida, una
vuelta por la feria de manos y principios. Nadie se preguntará nada. Nadie
mirará hacia arriba, se perderán del cielo dos pájaros yendo a buscar el
domingo.
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