Marco:
Estoy esperando aquí sentada, que se largue a llover. Estoy
en mi casa, quieta, no molesto a nadie. No hago lío. Quería contarte, ya no
grito por las calles, sólo en casa, bajando todas las persianas. Sé que todos
se enojaban conmigo cuando lo hacía, no era divertido que me fueran a buscar y
les dijeran a la ley que estaba bien, que sólo eran episodios aislados.
Se que no querían explicarles a ellos lo que era éso en verdad. Porque, por lo
demás, ¿quien podría explicarlo? Los gritos no tienen explicación.
Es inútil. Pienso que se puede vivir sin pensar. Pero a
veces pareciera que estoy esperando desde la primera fila (de algún teatro sin
lujos, sin butacas, sin palcos), que alguien viniera a decirme el secreto, la
resolución del enigma, o por lo menos la hora de comienzo de la función. ¿Acaso
no estamos todos esperando eso? Ya no
sé.
Pienso que ya nadie sabe jugar. Todo es tomado en serio,
todo debe ser algo, servir para algo, la utilidad atraviesa muchos sentidos de
la vida. Sería una buena materia pendiente, una disciplina lúdica, llena de
adivinanzas, rayuelas, creo que en los juegos hay alguna clave. Pero no se
podría enseñar el juego. Pararnos a mirar el sol sin que ningún rayo nos toque,
no es algo enseñable, Marco. Es imaginación pura.
Hoy decidí quedarme a inventarte. Parece increíble, hace
horas que estoy aquí trabada con algunas ideas, y después me di cuenta que las
ideas ya no importan, quedan sólo las palabras, con ellas es el juego, ellas
somos, ellas juegan con nosotros necesariamente. Somos lenguaje. Se ha pasado
el día. O el día me ha pasado a mí.
Ahora bajaré todas las persianas. Te abrazo.
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