(A esta altura del año no viene mal recordar éste tipo de empujoncitos.)
Últimamente he comenzado a entender algo. La vida no es fácil,
ya sabemos, además de ser preciosa y ser un milagro cotidiano
(porque el hecho de despertarse, hacerse la taza de café con el
café molido y servirlo caliente, eso es el verdadero milagro), es
difícil. Pero nosotros somos partícipes y generadores de la complicación absurda. Porque la simplicidad, es un rasgo tan noble, tan necesario, como el aire que respiramos. Porque encender un costado del pensamiento donde iluminar lo que habitualmente está oscurecido, es otro rasgo vital poco tenido en cuenta. Poder sentir, pensar, y confiar que todo va a estar bien, que los problemas se resolverán, que nos ocurrirán cosas mágicas y bellas, que alcanzaremos nuestras metas y cumpliremos nuestros logros: eso no es ni vanidad ni ingenuidad ni optimismo burdo. Es confianza, simplicidad, contagiar de alegría cada rincón de nuestro mundo interior. El hecho de activar una zona del pensar que esté enfocada en lo simple, en lo bello, se acerca a lo revolucionario. Ponerse a pensar en una flor, en sus pétalos, sus colores, pensar en un jardín crecido de flores, fantasear una especie de arma cargada de pétalos de fuego, y disparar al horizonte tallos y raíces, eso no es ni negar la realidad ni tapar los problemas que nos llegan al cuello. Es transformar la forma de ver las cosas, es sentarse a la mesa a leer una poesía, es hacer del hoy y del mañana algo más que días acromáticos colgando del calendario. Apunten, disparen...¡¡flores!!
Chapeau, querida! Qué fácil que es desviar el pensamiento hacia las cosas que a la larga menos importan. Mira qué linda canción, tiene mucho que ver: http://www.youtube.com/watch?v=KjFOS-h-suc
ReplyDeleteBeso gran