Tuesday, September 13, 2011
Pensé que era el cansancio de los días de noviembre o discursos vacíos en bocas apresuradas. Me dije que era la necesidad de salir corriendo de lugares que hastían, hinchan de dolor, o quizás la intolerancia a ciertos espacios poblados. Miré el espejo y supe algo de mi cuerpo incómodo frente a lo normal, de cara al tedio; por suerte el rostro disimula bien. Pero nada de eso me asombraba del todo, ni siquiera el querer abrazar muy fuerte a nadie, ni siquiera amar a esos anónimos que leían en la plaza o caminaban de espaldas. Pensé: cómo entender estas manos que escriben y se llevan. De qué forma tocar esencias, besar idiomas, lamer ausencias. Qué diría su voz grave, qué profunda decepción habré clavado en sus ojos, qué caminos esperados burlé y cuántas hojas gasté para ser nada, menos que nada, menos que una piedra olvidada al borde del río.
Este fragmento o relato o pensamiento suelto no digo que me gustó en su contenido aunque sí en la manera de estar dicho lo que ahí resulta dicho, que muy bien no sé lo que es pero me conformo con la sonoridad de esos gravosos significantes. Me cuesta leer lo que no entiendo, me cuesta dejarme llevar por el sonido. En octubre siempre me pasa lo mismo; el resto del año es otra cosa.
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